• 08Feb’ 14

    vlado-mirosevic-A78 Febrero 2014
    La Tercera Reportajes p. 18-20

    Pese a tener cifras récord en empleo y a las mejoras en sus indicadores de delincuencia, el fallo de La Haya y la presencia masiva de políticos y medios en Arica develaron una realidad: el sentimiento de aislamiento y abandono de buena parte de los ariqueños en relación con el Estado de Chile. “Ahora se acuerdan de Arica”, se escuchaba en las calles. Esta es la historia de cómo la capital nortina pasó de ser una ciudad pujante a un lugar que sus propios habitantes ven como una estación de paso entre Iquique y Tacna.

    EL JUEVES 23 de enero llegó a Arica, en una avanzada ministerial antes del fallo de La Haya, la ministra vocera de Gobierno, Cecilia Pérez. Su discurso tenía algo de preventivo. En los lugares donde le tocó hablar -principalmente en medios de comunicación locales- siempre subrayó la prioridad que para este gobierno ha significado la capital nortina, ciudad que el Presidente Piñera ha visitado 12 veces desde que está en La Moneda. Aunque en la ciudad han bajado el desempleo y los índices de victimización, la ministra sabía que en cualquier momento se le podían cobrar viejas deudas históricas que los ariqueños sienten que el Estado de Chile tiene con la ciudad.

    Con la cercanía del fallo de La Haya y la llegada en masa de políticos y prensa a Arica, se hizo evidente el resentimiento hacia los visitantes del sur. En un punto de prensa en la intendencia, después del fallo, Andrés Chadwick fue interpelado por un ciudadano. “¿Van a seguir viniendo después de La Haya?”, le gritó. El domingo, un día antes del veredicto, los senadores Horvath y Bianchi llegaron a la caleta de pescadores, en un gesto de apoyo a los habitantes de Arica que en ese momento más tenían que perder con el fallo. La gente que pasaba cerca repetía lo mismo que se le había dicho a Chadwick: “Ahora se acuerdan de Arica”. La molestia era causada por el supuesto uso político de los senadores. Al día siguiente, Vlado Mirosevic, diputado por la zona, y el alcalde Salvador Urrutia sufrieron la misma suerte. Los pescadores no fueron tan sutiles en esa ocasión. Ambos políticos fueron sacados del lugar.

    Los ariqueños, tras décadas compartiendo un sentimiento generalizado de aislamiento, finalmente se sentían el foco de la atención nacional. Pero, para muchos de sus ciudadanos, esa atención llegaba por las razones equivocadas.

    Los años dorados y la caída

    En 1958, el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo declaró a Arica puerto libre. El 15% de las ganancias en tributos quedó en manos de la Junta de Adelanto, una organización encargada de administrar esos dineros. Los ariqueños antiguos dicen que la creación del puerto libre coincide con la época dorada de la ciudad, con índices de empleabilidad altos, instalación de industrias y pesqueras, además de la construcción de un importante número de obras públicas emblemáticas, como el puerto de Arica, el Parque Brasil, el estadio Carlos Dittborn, el aeropuerto de Chacalluta, y el casino y la piscina municipales. “En los ariqueños está instalada la noción de que todas las grandes obras se hicieron durante los años de la Junta de Adelanto y que después de eso no se hizo nada importante”, cuenta el diputado por la zona Vlado Mirosevic, nacido en la ciudad. “Y es verdad. Todas las grandes obras hasta hoy son de ese período”, agrega.

    Edmundo Pérez Yoma, ex ministro del Interior en el gobierno de Michelle Bachelet, lo reafirma: “En la época de Ibáñez hubo un auge muy importante. Muchas industrias y construcción de carreteras. Esto se suma a la llegada de las pesqueras. Los ariqueños recuerdan eso como su época de gloria”.

    Pero los conflictos geopolíticos con Perú a mediados de los 70, con una amenaza cierta de invasión, hicieron que el gobierno militar orientara los beneficios tributarios a Iquique. El Ejército peruano se había estado armando fuertemente desde finales de los 60 y la Junta Militar chilena se hacía la idea de que Arica era una ciudad que podía perderse en caso de ataque. Estando a 20 kilómetros de la frontera, no existen barreras geográficas entre el lado peruano y el chileno. Iquique, por otro lado, rodeada de cerros, era y sigue siendo una ciudad mucho más fácil de defender.

    En buena medida por eso, a fines de 1976, la Junta de Adelanto se termina y, en paralelo, se crea la Zona Franca de Iquique. Ese año marca el comienzo del declive de Arica.

    “En la ciudad hay un dicho”, cuenta el senador UDI por la zona, Jaime Orpis. “La gente dice: ¿Arica, moneda de cambio¿. Y eso tiene que ver con la sensación de desprotección geopolítica que hay frente a los países vecinos. Hoy hay un poco más de esperanza en la ciudad, por la baja en el desempleo y otros proyectos que se han ido completando, pero lo que el ariqueño realmente espera es que se hagan reformas que lleven a la ciudad a lo que fue durante la época de la Junta de Adelanto y el puerto libre”.

    Ese sentido de abandono post Junta de Adelanto quedó enraizado en los ciudadanos. “Mi ciudad, sin desmerecer a las otras, es la más linda, pero lamentablemente es la más maltratada por el Estado de Chile”, dice Alberto Olivares, dirigente de Fetramar, la Federación de Asociaciones Gremiales de Pescadores Artesanales y Buzos. “El señor Pinochet equivocadamente deshabitó Arica, erróneamente la quiso hacer un fortín. Fue una mala estrategia, porque hay muchos profesionales que han salido de sectores humildes, como yo, que con mucho esfuerzo hemos educado a nuestros hijos y se van a trabajar al sur, dejando hoy a nuestra ciudad con menos habitantes que antes”.

    Arica post La Haya: entre la minería y la calidad de vida

    Los últimos años han marcado una leve recuperación en la economía ariqueña. Según cifras del gobierno, el desempleo bajó de 7,4% en 2009 a 4,3% en 2013. A eso se suma que el porcentaje de hogares victimizados por la delincuencia cayera en la ciudad -en 2009 era de 25,4%, mientras que en 2012 el porcentaje fue de 22,9%-. En su paso por Arica, la ministra Pérez destacó permanentemente estos logros.

    Ignacio Guerrero, jefe de la Unidad de Regiones de la Segpres, reconoce que los buenos números no llegan a cambiar del todo la percepción de los ariqueños. “Los resultados en desempleo y seguridad son un reflejo del buen trabajo, pero muchas veces la gente los va internalizando de a poco. Hoy, Arica no es el caso de estudio que era cuatro años atrás, cuando se preguntaban por qué no se avanzaba. La gente sigue teniendo una sensación de abandono, pero la está dejando de lado. Hay un período de tiempo en donde no se ven todos los avances o las medidas que se están tomando. Eso pasa, por ejemplo, con los incentivos tributarios para las zonas extremas, que es una ley que se creó con un horizonte al 2045. Los efectos se están empezando a ver, pero esa ley recién se promulgó hace un par de años”.

    La baja en el desempleo no tiene que ver necesariamente con el aumento de plazas de trabajo en la ciudad misma. Aunque existen tres mil pescadores artesanales e industriales, la principal fuente de trabajo es la minería. Y esa fuente está fuera de la ciudad, en Iquique, Antofagasta y Calama. Según el alcalde PPD Salvador Urrutia, “son unos siete mil trabajadores los que salen de la ciudad para trabajar en turnos 7×7 o 10×10. Lo bueno es que ellos vienen a descansar acá, tienen sus casas y sus familias. También consumen aquí, lo que ha hecho que el comercio se reactive”.

    A eso se suma la agricultura que se desarrolla en los valles de Lluta y Azapa, y que provee de frutas y verduras a las zonas central y sur durante el invierno. El problema es que ese sector productivo ha entrado en conflicto con los nuevos proyectos mineros que se quieren instalar en la zona. Existe el miedo de que un auge minero en la zona deje sin agua a los agricultores. “Pero la minería no es sólo tema de los agricultores”, advierte el diputado Mirosevic. “También, la gente de Arica tiene miedo de que la ciudad se transforme en una Calama II”.

    El problema del que habla Mirosevic tiene que ver con el clásico debate entre los problemas que acarrea el progreso y la calidad de vida. Arica, a pesar de ser una ciudad que se siente dejada de lado por el gobierno central, se enorgullece de la relativa tranquilidad que existe en sus calles. El ritmo de vida es lento, con el comercio cerrando sus puertas todos los días entre las 14.00 y las 18.00, a veces a las 19.00. La presencia minera puede alterar todo eso, trayendo problemas propios de las ciudades, como droga y prostitución. Mauricio Castillo, taxista, reconoce ese temor: “En Antofagasta ya no se puede salir de noche y en Iquique está pasando lo mismo, porque está entrando mucho extranjero por la minería y está habiendo mucha delincuencia. Esperamos que en Arica no pase; aquí todavía se puede salir de noche y sin ningún problema, pero yo sé que en el futuro va a pasar lo mismo que en Antofagasta y en Iquique si es que no se controla a quienes llegan al país”.

    No todos, eso sí, se oponen a los proyectos mineros. Sonia Araya, dirigenta de una junta de vecinos en el sector de Los Industriales, parte del mismo barrio que se construyó sobre 21 toneladas de desechos tóxicos y que fue conocido como el caso polimetales, dice que la minería puede salvar familias. “Nosotros le dijimos a Piñera, cuando viajamos a Santiago a principios del gobierno, por los polimetales, que necesitábamos trabajos. Y ante la posibilidad de la instalación de mineras, la gente aquí reclama. Para mí son un mal necesario, es una oportunidad de que las familias no se desarmen. Se están abriendo mineras aquí y los mismos ariqueños se ponen la soga al cuello, reclamando que no quieren mineras. Se contradicen, porque mandan a sus hijos y maridos a trabajar afuera, a Calama, a Antofagasta. Ahora las mujeres se están yendo allá, porque los hombres se quedan con colombianas en esas ciudades, nos rompen los hogares”.

    El ex ministro Pérez Yoma, en alguna medida, está de acuerdo: “Veo a Arica en una senda de más estabilidad, pero lo que le falta es explotar la minería. Esto está bastante restringido por la gran cantidad de parques nacionales”.

    A la falta de trabajos en Arica se agrega la influencia de Tacna. A pesar de que en 2012 se inauguró un hospital en la ciudad, buena parte de los ariqueños se atienden en el Hospital Solidario de Tacna, donde la consulta vale poco más de dos mil pesos. Además, el hecho de que Tacna sea una ciudad libre de impuestos hace que muchos productos valgan dos o tres veces menos que en Arica. Según el diputado Mirosevic, 3.500 jubilados ariqueños, por el menor costo de vida, ahora viven en Tacna. “Cobran su pensión en Arica, pero viven en Perú”, dice.

    Esto ha afirmado la sensación que tienen los ariqueños de que su ciudad es un lugar de paso entre Iquique y Tacna. De un lado hay trabajos y una industria turística desarrollada; del otro lado hay una ciudad comercial que se orienta completamente a satisfacer la demanda de ciudadanos chilenos. El fallo de La Haya ha roto un poco la hegemonía de estas dos ciudades, pero al mismo tiempo existe un escepticismo generalizado de que este cambio se prolongue en el tiempo.

    En la caleta de pescadores, ubicada al lado del puerto y a un par de cuadras de pleno centro, el piso es de tierra, los baños son casi inexistentes y pareciera que los botes se apilan unos sobre otros. Espacio no sobra. Ahí, Carlos Añes, pescador artesanal, entrega su declaración de principios: “Soy nacionalizado ariqueño, porque Arica es otro país. No porque yo diga que somos más que el resto del país, sino que porque estamos botados por el Estado. Toda la vida nos hemos sentido así. Me acuerdo que cuando llegué, le escribí a mi señora que en unos años se venía el despegue de Arica… Se vino mi suegra a cuidar a los niños, porque venía el despegue, y pasaron dos años, tres, cinco, y todo seguía exactamente igual. El despegue nunca llegó”.

    En Arica, pese a que se viven tiempos un poco mejores, Añes parece estar más acompañado que solo en su pensamiento.

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